Domingo de mayo, nubes y claros, viento del noroeste fresco, se esperan chubascos ocasionales. Estamos ya en la cola del clásico temporal del noroeste... en cualquier caso, un tiempo muy apropiado para guardar el precepto dominical de no hacer otra cosa que tocarse las bolas.
Yo me las toco mientras escucho a mis guitarristas preferidos que debido a la magia de los algoritmos de YouTube se suceden uno tras otro sin que yo tenga que hacer nada. Ayer, por cierto, se paró el concierto y fui a la pantalla a ver qué pasaba; había allí un anuncio que decía: gracias a nuestros algoritmos conocemos tus gustos; apúntate a Premium y por muy poco dinero podrás escuchar la música sin anuncios. La verdad es que eso de Premium solo cuesta un par de euros al mes, pero no es por el dinero, es la cosa de poner un eslabón más a la cadena de compromisos prescindibles... y, total, para evitar un anuncio que aparece de Pascuas a Ramos.
Pero a lo que iba, a lo del precepto dominical; en pocas cosas les insiste más Yahvé a los judíos que en la necesidad de guardar ese precepto de tocarse las bolas o, si mejor quieren, de aburrirse, un día cada siete. Desde mi anciana perspectiva, pienso que pocas exigencias más inteligentes que esa puso Yahvé a su pueblo elegido. Recuerdo ahora, cuánta frustración, con su secuela de resentimiento, no acumulé yo en aquellos fines de semana en los que salía corriendo como un poseso para sacarles todo el jugo a las pasiones más animalescas. Así, si el miserable trabajo que hacía en el hospital me embrutecía, la diversión de los fines de semana, ya, ni te digo.
En fin, no es cuestión de lamentarse por lo que ahora me parecen errores del pasado, es, simplemente, darse cuenta de lo poca cosa que es uno cuando se deja llevar por la corriente. Al fin y al cabo, todos aspiramos a ser algo héroe porque es la única forma de sentir que eres algo. Y es que «cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente los que quieren, sino él mismo». ¿Quise yo alguna vez hacer lo que hacía o estaba haciendo lo que otros querían?
Claro, si hubiese parado alguna vez mi permanente huida de mí mismo y hubiese dejado que el aburrimiento se hubiera instalado en mí de forma natural, a lo mejor, digo yo, hubiese acabado por utilizar la cabeza para lo que realmente nos la puso la naturaleza, para que piense por sí misma. De eso, supongo, es de lo que se dio cuenta Yahvé, de que, sin aburrimiento a plazo fijo, no hay forma de constituirse como individuo... o héroe. De ahí que se le ocurriese lo del precepto dominical. ¡Bendito aburrimiento!
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