miércoles, 20 de mayo de 2026

Realismo y poesía

Ortega le augura muy poco recorrido a la novela del siglo XIX. Efectivamente, ni ciego de grifa me pondría hoy día a leer Madame Bovary. ¿Qué de interesante puede tener una pueblerina que lee novelas de Corin Tellado y le pone los cuernos a su marido? Como telenovela para porteras, puede estar bien. El realismo es aburridísimo; no sugiere nada. Por así decirlo, carece de poesía. Para qué necesitas que te lo cuenten si lo puedes comprobar por ti mismo con solo levantar la vista del libro y ponerte a mirar a tu alrededor. La literatura realista, está inspirada mayormente por el rencor, motor de todas las ideologías triunfantes en el siglo XX. Piensa en ti, que fuiste progre y pregúntate por qué lo eras y por qué te gustaban tanto aquellas novelas que ponían al descubierto la mugre de la sociedad, mugre de la que tú pretendías no participar. Tú eras bueno y estabas dispuesto a entregar tu libertad a cualquiera que fuese que venía con promesas de limpiar aquella mugre. En fin, de aquellos polvos, estos lodos. 

Anoche, como todas las noches, eché mano de la Biblia y me entretuve un rato con lo de Abraham. Ahí sí que hay material para darle vueltas y nunca acabar de entender de qué va el asunto; cada vez que lo lees, sacas nuevas conclusiones. Yo me le imagino como uno de esos bereberes que van por el desierto con las cabras y plantan su tienda en cualquier lugar en el que haya cuatro cardos borriqueros. Todo el día guareciéndose del sol y con las mujeres por allí alrededor poniéndose en la postura idónea como hacía aquella Justine que nos cuenta el marqués de Sade. Así que, claro, con aquella higiene que no conocía el agua, debía tener la polla hecha un asco y no hacía más que darle vueltas al asunto de cómo solucionar aquello. Entonces fue cuando se le apareció Dios y le dijo: eso que te pasa es porque tienes ahí un pellejo que no sirve para otra cosa que para que se acumule en él la suciedad que lo pudre todo; córtatelo y verás cómo mejora la cosa. Entonces, Abraham, cogió, agarró, y dijo: que vengan aquí todos los hombres, niños incluidos, de la tribu y que saquen la polla. Y con un cuchillo muy bien afilado que tenía les fue cortando aquel pellejo innecesario que colgaba del extremo del aparato de dar gusto. Supongo que a unos cuantos se les infectaría la herida, e incluso más de uno la palmaría, pero, en general, los efectos beneficiosos no se harían esperar; sin pellejo, la higiene es mucho más fácil. 

El caso es que, cuando Abrahan tuvo estas conversaciones con Dios, andaba por los noventa y nueve, lo cual, no era óbice ni cortapisa para que le siguiese dando al asunto con Sara, su mujer, y con quien quiera que fuese que se ponía a tiro, porque, todo lo que fuese tener hijos, bienvenido sea. De resultas de lo cual, Sara, que también rondaba el siglo, quedó preñada del que luego sería Isaac, al que, por supuesto, a los ocho días de nacer, como había mandado Dios, le cortaron el pellejo sobrante. Y esa es la cuestión interesante, que, de entonces para acá, a todos los supuestos descendientes de Abraham les cortan el pellejo a los ocho días de nacer. No importa que ya no haya problemas de higiene, ni, tampoco, que ya no sea costumbre guarecerse del sol del desierto bajo la tienda rodeado de mujeres siempre en la posición idónea. Es solo por tradición y, también, por diferenciarse, o sea, majadería sobre majadería, porque no es una operación exenta de riesgos a la vez que muy dolorosa. Pero, en fin, ellos sabrán por qué insisten. 

Resumiendo, lo de Abrahan da para empezar y no acabar nunca de maquinar historias; es lo que tiene el lenguaje poético, simbólico o como le quieran llamar, que reescribes el texto cada vez que lo lees. Por así decirlo, te dan una indicación orientativa que tu luego utilizas para ir a donde quieras. Sin embargo, con Madame Bobary, cuando lo lees, ya has comprado todo el pescado; no hay nada más que puedas imaginar. 

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