sábado, 30 de mayo de 2026

Siempre en guardia


Comentábamos ayer sobre el sibilino asunto de la docilidad al prejuicio. Pienso que nunca será suficiente lo en guardia que estemos contra esa maligna propensión que todos padecemos a pensar que es verdad lo sancionado por la costumbre, sobre todo, cuando lo sancionado es algo que nos a
grada o beneficia. Les traigo a colación ésta, que debiera ser obviedad, a propósito de esa frase que tanto gusta repetir a los que viven del cuento: hablando se entiende la gente. Recuerdo que el anterior rey la solía repetir como si fuese un talismán. Seguro que mucha gente pensaba: si lo dice el rey, tiene que ser verdad... por más que los hechos lo desmintiesen hasta el aburrimiento. Para entenderse, hasta el más tonto de la clase lo sabe, lo que se precisa es que a las partes les convenga entenderse; en ese caso, sobran las palabras... y, si no conviene, también. Las palabras, ya lo dejó claro Sófocles en su Antígona, solo sirven para esquivar los dardos de las lluvias inclementes. Es decir, para mentir. 

Claro que saber mentir, siempre y cuando se pueda hacer sin ponerse colorado, es una de las grandes artes de que dispone el ser humano para, sobre todo, eso, vivir del cuento... un ejemplo paradigmático sería el rey ese que les mencionaba unas líneas más arriba. Y no es que lo diga yo, que bien saben que el mismísimo Dios se lo dijo a Samuel el profeta: diles a los judíos que ni se les ocurra, que un rey, por definición es un sinvergüenza. Pero los judíos fueron dóciles al prejuicio e insistieron. Al fin y al cabo, todos a su alrededor tenían un rey del que solo se veían las cosas que parecían ser buenas. Las malas, ya se encargaba el diablo de enmascararlas y, el hombre masa, que no es algo que sea cosa de ahora, tragaba el anzuelo con entusiasmo. 

Las palabras sirven para las matemáticas, que ahí sí que se sabe lo se está diciendo cuando se dice algo, y, también sirven para bavardear, lo que vendría a ser eso que algunos llaman metafísica. Desde luego que hay que reconocer que pocas cosas han ayudado más al hombre, y posiblemente a la mujer, a entretener sus ocios que la metafísica. Dar vueltas a las cosas con la ilusoria pretensión de encontrarles su significado real es algo con lo que nos sentimos inteligentes, lo cual, no está nada mal. Lo malo del asunto es que se nos suele ir la olla y acabamos creyendo que es lo que no es... que no por otra causa es que la historia de la humanidad sea, sobre todo, una sucesión de desmentidos. 

Y es que, ¡leches!, hasta con las matemáticas hay que andarse con cuidado. Dos intentos que he hecho esta mañana de buscar la demostración del teorema de Ptolomeo, me han resultado fallidos porque, en ambos casos, he encontrado pasos que no me han parecido suficientemente explicados. Y si me salto la comprensión de esos pasos, solo por confiar en el sacerdote que está oficiando, entonces, me convierto en un discapacitado que va por la vida dando tumbos. 

En fin, ya digo, siempre en guardia contra la docilidad. 

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