martes, 26 de mayo de 2026

De mitos y héroes

 


Ayer tenía que hacer unas gestiones en el banco y a las nueve menos cuarto ya estaba en marcha para acabar cuanto antes con el engorro. Algo me extrañó al pisar la calle, pero seguí adelante. Al cabo de un rato, miré a mi alrededor y me dije que, dado el ambiente, tenía que ser fiesta. Se lo pregunté al único viandante que tenía a mano y me dijo que, efectivamente, era fiesta en Santander, así que me di media vuelta. Al llegar a casa, mire en el calendario del móvil y vi que era Lunes de Pentecostés, o sea, cincuenta días después del Domingo de Pascua, cuando se supone que Jesucristo resucitó. El caso es que, en tal día, el Lunes de Pentecostés, se levantó un viento muy fuerte acompañado de fuego que se fue a depositar en forma de llamitas encima de la cabeza de los apóstoles y de la Virgen María. Era el Espíritu Santo prometido por Jesucristo que por fin había llegado para proporcionar, 
entre otras cosas, a los apóstoles, y supongo que también a la Virgen, el don de lenguas. Así, como por arte de birli-birloque, sin necesidad de matarse a estudiar, aquellos señores, en adelante, pudieron predicar en el idioma del auditorio que les estuviese escuchando. Por así decirlo, algo parecido a esos aparatos que utilizan hoy día los turistas para entenderse por allí por donde van.  

Pero la fiesta no era por eso; era porque se celebraba a la Virgen del Mar, una de tantas que en su día se aparecieron, ya fuera a pastorcillos, ya a marineros en apuros. El caso es que, a ésta, que no sé a quién se le apareció, le hicieron una ermita encima de un acantilado al oeste de la ciudad, un lugar, sin duda, muy apropiado para dar consistencia al mito. Y así fue que, por iniciativa de algún obispo espabilado, supongo, un día proclamaron a esta Virgen patrona de la ciudad... y de ahí que ayer estuviese el banco cerrado. 

Estas anécdotas que les acabo de contar, en nada difieren de las que podría haber contado cualquiera de hace dos mil o cinco mil años. En lo de configurar nuestras costumbres colectivas en función de los mitos, la humanidad no ha evolucionado un ápice y, sospecho, nunca va a evolucionar. Es evidente que para poder sobrellevar este cúmulo de preocupaciones y sufrimientos que es la vida tenemos que huir de la realidad hacia el mito a plazo fijo, cada sí y cada no. Y supongo que es por eso por lo que las religiones no tienen precio, porque son el mecanismo que se encarga de la perpetuación del mito. Da igual que a la gente se le crucen de vez en cuando los cables y se ponga a matar curas y pegar tiros a los crucifijos; en el fondo, eso, como la blasfemia en general, no es más que una exaltación del mito a cotas delirantes. Luego todo se apacigua y se vuelve a por donde solía. 

Y por eso es que todo ese racionalismo, de Euclides para acá, del que tan orgullosos nos solemos sentir, a la postre solo ha servido para que inventemos ortopedias que al facilitarnos la vida nos deja mucho más tiempo libre. ¡Imagínense la tortura que sería ese tiempo libre sin el auxilio de los mitos para sortearle! Porque sortearle a base de voluntad de poder, eso, sólo los héroes pueden, como bien nos dejó claro el filósofo de turno. 

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