Recuerdo que de chaval no se me daban mal las matemáticas. En general, lo comprendía todo con bastante facilidad, pero nunca se me ocurrió ponerme a pensar lo que significaba todo aquello; era una cosa más de las que había que aprender y lo aprendía. Poco a poco, o quizá con bastante rapidez, se me fue olvidando todo... pero no del todo, como pude comprobar cuando a los sesenta y cinco años decidí contratar los servicios de una profesora de matemáticas que vivía en un pueblo cercano al mío. Estuve yendo por las mañanas, un par de días a la semana, durante año y pico, hasta que me di cuenta de que, poco más o menos, ya sabía lo que ya había sabido de joven y, quizá, un poco más. Entonces descubrí en internet la Khan Academy y hasta que no le pegué un par de vueltas a todos sus vídeos no paré. estuve un par de años disfrutado de lo lindo por el día y torturándome con pesadillas por la noche, porque no paraba de soñar con problemas a los que no encontraba la solución. Sin duda, estaba obsesionado.
Lo que quiero decir con lo que acabo de contar es que, entre mi experiencia juvenil con las matemáticas y la que luego tuve de mayor, hubo una diferencia fundamental: la percepción de la belleza. Porque, pocas cosas, si es que algo, más bello ha salido de la mente humana que las matemáticas. Y no te digo, ya, aquel día que Galileo se subió a la torre de Pisa, dejó caer una piedra desde arriba y midió a la velocidad con la pasaba por cada piso; desde aquel momento, a la belleza se le añadió la utilidad, que es otra forma de belleza.
La percepción de lo bello no es fácil. Por lo menos para mí nunca lo ha sido. De joven visitaba museos porque, supongo, quería diferenciarme de la masa, pero no recuerdo haber sacado nunca nada de aquellas visitas más que aburrimiento. Qué me iban a decir todos aquellos cuadros del Museo del Prado si ni siquiera había leído la Biblia, por no decir los cásicos griegos y latinos, ni nada de nada que no fuese mera evasión. Para mí la belleza era la naturaleza, de la que disfrutaba interactuando con ella... pescando truchas a mano y cosas así. Con la lectura disfruté mucho desde chaval, pero ya digo, porque me ayudaba a evadirme; tuve que recorrer mucho desierto antes de llegar a la tierra prometida de los clásicos, con los que ya, sí, empecé a reconocerme en lo que soy: un cúmulo de miserias y, acaso, alguna grandeza.
En fin, sean como sean que fueren las cosas, lo que sí puedo asegurarles es que merodeando por las matemáticas no dejo de flipar. Me imagino la excitación de aquellos antiguos que iban descubriendo los misterios que encierran las más sencillas de las figuras geométricas, el triángulo sin ir más lejos. Si se paran a indagar toda la información que hay dentro de un triángulo alucinarán: el ortocentro, el baricentro, el circuncentro, el incentro y, para mayor regodeo, la recta de Euler que nos indica que todos esos centros pasan por una misma recta. Parece todo cosa de magia, pero no es más que el lenguaje con el que se expresa la naturaleza y que el ser humano ha ido desentrañando a golpe de entusiasmo y tesón.
En fin, no sé a dónde quería llegar con estas reflexiones, pero, en cualquier caso, ya me he entretenido un rato. Ahora voy a ver si hago algo de gimnasia para desencarcarar el cuerpo, que llevo aquí dos horas sentado y lo siento como si fuese un leño medio podrido.
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