Iba el otro día por una pista ciclable, como le dicen, y vi a lo lejos un numeroso rebaño de niños de, calculo, entre cuatro y siete años. Inmediatamente me apeé de la bicicleta y continué caminando. La profesora que abría la marcha y que llevaba un galgo sujeto con una correa, me dio las gracias tan efusivamente que me pareció como que me invitaba a decir la mía: cuando yo tenía esta edad, dije señalando a los niños, iba a la escuela del pueblo y el maestro siempre llevaba una palmeta debajo del sobaco. La profesora del perro hizo muchas risas, como si le hubiese encantado lo que yo había dicho y, luego, dijo: afortunadamente aquellos tiempos ya quedaron atrás. Entonces, me salió de dentro como si hubiese saltado un resorte: ¿está usted segura de que estos tiempos son mejores?; yo que usted, al menos lo dudaría. Me dio la impresión de que a la tía se le mudó el rostro. En cualquier caso, no chistó.
Me fui de allí pensando en cómo se ha conseguido lavar el cerebro a la gente en general y a los maestros en particular. Para empezar, ¿qué coño hace la maestra con un perro? Claro, esto es algo que a la mayoría de la gente no solo le parece algo natural, sino, incluso, muy simpático y, por supuesto, recomendable, porque todo el mundo sabe que la empatía con los animales es de alto contenido pedagógico... la ciencia lo dice y yo no miento. ¡Otra de Anis del Mono!
Ortega diría: dóciles al prejuicio. Uno tiende a pensar que es cosa de los tiempos que corren, pero eso, supongo, también es un prejuicio muy querido, sobre todo, de los viejos. Cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor; lo único que cambia de una época a otra es el tipo de necesidad por el que la gente está urgida. Da igual que la necesidad sea verdadera, comida, por ejemplo, o fingida, tener un perro o hacerse un tatuaje, porque el que la padece va a sufrir por igual hasta que la satisface.
En cualquier caso, lo que cuenta es nuestra actitud ante la necesidad: saber o no saber postponerla. El que no sabe, está jodido. Y el que sabe, arrasa. A esos niños que parecen estar siendo educados para el disfrute por esas maestras con tanta literatura para chachas a sus espaldas, no les arriendo la ganancia. Y no es que lo diga yo, que un tal Gracián, ya va para cuatrocientos años, escribió un libro titulado El Criticón, solo para advertirnos que el que no sufre de niño lo tendrá que hacer multiplicado por cien de mayor. Pero, vamos a ver, ¿conocen ustedes a algún maestro de este país que se haya detenido a leer ese libro? No, ellos se han detenido a leer, en el mejor de los casos, a Freinet, Montessori, Rosa Sensat, y todas esas mariconadas que pretenden haber hallado la forma de eludir la madre de todas las reglas pedagógicas: la letra con sangre entra.
En fin, bueno, por mí como si se la machacan. Siempre hubo libres y esclavos, dóciles e indóciles al prejuicio y, lo único que me interesa es saber, si es que eso es posible, de qué lado estoy yo y la gente que me interesa.
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