Comentábamos esta mañana a propósito de lo que escribí ayer sobre la literatura realista del siglo XIX. Me decía Jacobo que esa literatura tenía una función desintoxicadora respecto de la literatura romántica precedente. Emma Bovary es un Don Quijote que de tanto leer ese tipo de literatura acaba por creerse que esa es la realidad y se determina a vivir por sí misma esas emociones que ha leído en los libros. Seguro que en su momento fue pedagógico, me seguía diciendo Jacobo, pero, ¿conocían Flaubert, Stendal, y demás, el Genji Monogatari? Evidentemente no, porque la primera traducción a una lengua occidental es de los años veinte del siglo pasado. Mil años atrás, una japonesa ya había escrito ese tipo de literatura: una descripción pormenorizada y fatigante de los pequeños sucesos de la realidad cotidiana... a ver si me puedo follar a esta, a ver si puedo pillar a este, esas vulgaridades que constituyen la parte del león de las preocupaciones de las mentes ociosas; folletines moralizantes, o sea, la cuadratura del círculo: esas aventuras son las que yo quisiera para mí, pero me contengo porque mira cómo acaban. Catequesis de barrio pobre, en definitiva.
Pero, bueno, dejando a un lado la ramplonería realista vayamos al delirio poético: anoche me tocó ese pasaje de la Biblia en el que Jehová le ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. El hijo que tuvo a los cien años después de que Jehová visitase a su mujer Sara que también rondaba los cien. O sea, después de todo lo que le ha costado tener ese hijo, le pide Jehová que lo sacrifique y no lo duda. ¿Cómo se come eso? Es que, además, tal como está relatado, parece que hay una cierta fruición en la preparación del sacrificio. Deja a los criados atrás y carga sobre las espaldas de Isaac la leña sobre la que tiene pensado quemarle. Y el pobre Isaac preguntando que dónde está el cordero que van a sacrificar. No te preocupes, le contesta el padre, que ya nos proporcionará una Jehová. Bueno, ya saben que, en el último momento, cuando ya estaba el cuchillo levantado sobre el cuello de Isaac, que, por cierto, estaba atado sobre el hato de leña que el mismo había subido sobre sus espaldas, en ese último instante, digo, aparece un ángel y le ordena que pare, y Abraham mira para atrás y ve entre los matojos un cordero que les ha colocado allí Jehová para que lo coma en amor y compañía con el mismo al que hace un momento ha estado en un tris de matar, o sea, que nada personal. Es una historia que tiene muchas concomitancias con la de Ifigenia, cuando su padre Agamenon la quiso sacrificar para que el dios Eolo diese vientos favorables a la flota griega para llegarse hasta Troya; en el último instante, la diosa Diana da el cambiazo de Ifigenia por un cervatillo.
Es muy curiosa esta cuestión de ofrecer a los hijos en sacrificio. La literatura clásica está llena de ejemplos. Unas veces, la de Ifigenia, como expiación de culpas y, otras, la de Isaac, como por deporte, para ver hasta dónde se puede llegar. ¿Qué había hecho Abraham para que Jehová le pidiese semejante monstruosidad? Pues, al parecer nada. Simplemente que, Jehová, como un remedo del curioso impertinente que aparece en el Quijote, quiere comprobar hasta dónde llega la lealtad de Abraham. Claro, Jehová está muy seguro de que nada le puede salir mal, lo cual ya es como para hacérselo mirar. Así son las cosas de las religiones, una acumulación de imposibles metafísicos. Y luego va la gente y se lo cree y pasa lo que pasa. Pero a lo que iba, a lo de la facilidad, y frialdad, para sacrificar a los hijos en aras de un ideal. Es como si para eso fuese para lo que se tienen, para que los hijos mueran para así conseguir el ideal que los padres fueron incapaces de alcanzar. No sé, pero, en cualquier caso, esto de Abraham e Isaac es como para alquilar sillas —lloguer cadiras, que diría un catalán—, porque, a pie firme no hay quien lo pueda aguantar. Recuerdo que de niños solíamos decir: ¡Detente Abraham, que pisas mierda! Ya ven cómo son los niños.
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