Me envían desde Kristiansand, Noruega, un documental en el que un tal Horace Parlam, músico de jazz danés, nos cuenta su vida y, de paso, nos hace una emotiva interpretación de la conocida pieza Deep River. No está mal para empezar el día detenerse un rato en una cosa así; seguro que te impregna de optimismo para unas cuantas horas en adelante. Y, eso, a palo seco, pero, si le añado el hallarme sumergido en la lectura de Ortega, entonces, ya, es como si echas más leña al fuego. Porque Horace es una historia de superación; de niño estuvo afectado de una poliomielitis que le dejó la mitad derecha del cuerpo malparada. Pero él quiso y pudo. Viéndole tocar con esa mano deforme me ha recordado a la no menos deforme mano, en este caso a causa del fuego, de Django Reinhardt; dos casos paradigmáticos de voluntad de poder o, si mejor quieren de triunfo del hombre sobre sus circunstancias.
«Toda vida es la lucha, el esfuerzo por si misma. Las dificultades con que tropiezo para realizar mi vida son precisamente lo que despierta y moviliza mis actividades, mis capacidades. Si mi cuerpo no me pesase, yo no podría andar. Si la atmósfera no me oprimiese, sentiría mi cuerpo como una cosa vaga, fofa, fantasmática.»
Es el insoslayable asunto de poner la vida a algo; da igual que sea glorioso o humilde, ilustre o trivial. Si no te entregas a algo con pasión caminas por la vida como un zombi. Como algo desvencijado, sin tensión. Es muy curioso como a sus veintipocos años nos describe Ortega lo que yo sólo he podido ver, en mí y a mí alrededor, en mi edad provecta: «Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida humana queda en absoluta franquicia para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo. Europa ha aflojado su presión sobre el mundo. Pero el resultado ha sido el contrario al que podía esperarse. Librada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone. Hoy es una cosa, mañana, otra, opuesta a la primera. Está perdida al encontrarse sola consigo. El egoísmo es laberíntico. Se comprende. Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a que pongo ésta y que, por lo mismo, está fuera de ella, más allá. Si me resuelvo a andar solo por dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte; doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en sí mismo, de puro no ser más que caminar dentro de sí.»
En fin, esas vidas que nos parecen admirables, precisamente, por su agonía. Vivir, diría yo, es agonizar. A María, mi amiga especial, no le hables de comprarse una bicicleta eléctrica. Ella, sin haberse seguramente parado a pensarlo, intuye que lo interesante de la bicicleta es su componente agónico; si se lo quitas con un motor, automáticamente te vuelves sobre tí mismo, sobre tu laberinto interior que, no te engañes, es tu infierno. Sí, ya sé que, de un tiempo a esta parte, de la sibilina mano del marxismo cultural, se impuso la moda de desprestigiar a la agonía llamándola masoquismo... ya saben, las tácticas del marxismo para envilecer el mundo, cambiar el sentido de las palabras. ¡No se dejen engañar!
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