domingo, 24 de mayo de 2026

Y volver, volver, volver

Hace seis años, o así, decidí colgar la bicicleta. En realidad, nunca me pude perdonar esa decisión a la que me empeñaba en encontrar sentido sin conseguirlo nunca. Para más inri, siempre que veía por ahí a alguien en bicicleta, o sea, a todas las horas, me venían a la memoria las veces que he presumido, en estos blogs concretamente, de querer morir con las botas puestas. ¡Oye, si me caigo y me parto la crisma, pues Santas Pascuas! Una bonita forma de palmarla. Además, no es como el coche que puedes causar cualquier desgracia; con la bicicleta, lo más que puedes hacer a alguien es un moratón. El caso es que, hace un par de meses, ya no pude más de falsos razonamientos y decidí comprar on line una de esas plegables de Decathlon que, a causa, supongo, de eso que llaman economía de escala —las hay iguales a cientos circulando por la ciudad— resultó ser muy barata: apenas trecientos euros. Así es que de vez en cuando me voy a dar un paseo hasta cualquier parque de las afueras donde busco un banco donde poder concentrarme en la lectura del libro que tengo entre manos. Lo que sí he constatado es que, en seis años, los carriles bici han multiplicado por cien el uso que se hace de ellos; y no solo de bicicletas, sino, también, de esos patinetes eléctricos, que se han constituido en una verdadera plaga, y, eso, por no hablar de las sillas eléctricas para discapacitados que también quieren participar de la fiesta. En fin, cosas del progreso que le dicen. 

Ayer hacía un día de esos que, desde el punto de vista climatológico, podríamos haber calificado con un diez. Así que, hacia el mediodía, agarré la bicicleta y, con las paradas preceptivas, llegué al puerto deportivo de Raos. También allí parecía haberse multiplicado por cien su uso. ¡Dios mío, cuánto dinero tirado por el desagüe hay en ese tipo de puertos! El dichoso mito del entretenimiento, o incluso el disfrute, por el cómodo procedimiento de pasar antes por taquilla: todo se puede comprar con dinero, sobre todo si no te has parado a leer el Libro de la Sabiduría, en fin, ¡y qué le vamos a hacer! 

Todo aquello me sugirió lúgubres pensamientos. Andaban por allí, como por todos los lados, grupos de hispanos mirando, sin duda con esa sana envidia hija del deseo, aquellos barcos muertos de risa. Esa pobre gente que aspira a integrarse haciendo las mismas imbecilidades que hacen los nativos del lugar al que han venido. De momento, ya casi todos se han comprado el preceptivo perrito para poder recoger cacas por la calle como cualquier hijo de vecino. Desde luego que esa milonga que se han inventado de que los emigrantes vienen a realizar el trabajo que no quieren hacer los nativos y, de paso, a contribuir a pagar las pensiones, es una majadería sin paliativos. A esa gente la incitan a venir porque saben que la gente recién salida de la miseria, en una primera fase, se convierten en furibundos consumistas. Y este sistema político, que llaman capitalista, pero que en absoluto lo es, basa su estabilidad a corto plazo en el consumo a ultranza. Consumo, por supuesto, de bienes materiales, que, de los espirituales, por así decirlo, como si no existiesen, dado que solo aportan al producto interior bruto a largo plazo y, eso, con esta lógica donjuanesca del ¡cuán largo me lo fiais! que rige el mundo, no sirve en absoluto para colocarse en los primeros puestos del ranking de felicidad de los pueblos de la tierra. 

En fin, oye, tú, lo que sea, que pal caso nunca va a ser nada nuevo bajo las estrellas. Lo que para mi cuenta es que, en poco más de media docena de veces que he agarrado la bicicleta, ya empiezo a sentir que es como si nunca la hubiese dejado, es decir, que es como si fuese una prolongación de mi cuerpo. Bueno, no sé, quizá es que me esté confiando demasiado de tanto leer lo de Abrahan y toda aquella gente que, a mi edad, era como si todavía no hubiesen empezado a vivir. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario