lunes, 25 de mayo de 2026

La máquina de follar

Tengo un vecino que es de mi pueblo y raro es el día que no me lo encuentro y echamos un pequeño parlamento. Anda por los noventa y tres y, a excepción de una cadera que tiene hecha migas, se defiende bien. El caso es que, comentemos lo que comentemos, el siempre acaba con alusiones al asunto que no tiene enmienda. Su mujer, que anda por los ochenta, ya no quiere, y, a él, no se le sube. Siempre hace lo mismo, mira y señala sus partes y dice con aires de desconsuelo: éste, con todos los gustos que le he dado y ahora me abandona. Desde luego que no es una excepción; en Salamanca, por razones que no vienen al caso, trabé conocimiento con un tal Sr. Tomas, por los ochenta y tantos, que siempre andaba por la Plaza Mayor, lo cual me obligaba a ser cauto cuando la atravesaba, porque, a nada que te descuidases, te pillaba, te ponía una mano sobre el hombro y te largaba un rollo sobre Unamuno, Ortega y, para rematar, lo complicado que se lo ponía su mujer, que, por cierto, tenía alzheimer, para hacer uso del matrimonio. Un día me pilló en la cola de la carnicería del supermercado, me puso la mano en hombro, y empezó a desgranar sus problemas sexuales; a los pocos minutos, el único que no le escuchaba era yo, el resto de la cola no perdía detalle e, incluso, el carnicero había dejado de cortar carne para poder escuchar mejor. En definitiva, el sexo es el asunto por antonomasia y, por eso, no hay mortal sobre la tierra que no viva obsesionado, en mayor o menor grado, por los problemas derivados de su manejo. 

Uno de mis autores preferidos, si no el que más, del siglo XX, es Bukowski. Uno de sus libros, una recopilación de cuentos, lo titularon La Máquina de Follar. Es todo sórdido, pero contado sin acritud y con bastante humor. Y lo más sórdido de lo sórdido es, claro está, el sexo mecanizado. Es un alivio momentáneo de las tensiones inherentes al no poder satisfacer ni siquiera las necesidades más elementales. Nada que ver, en cualquier caso, con el deseo de reproducción que todo bicho viviente, en principio, llevaría impreso en su ADN; no, es, simplemente, aprovecharse del mecanismo del que nos proveyó la naturaleza para incitarnos a procrear, tratando de conservar la parte placentera del proceso y evitando por todos los medios las consecuencias naturales... según Pessoa, nada tan degradante como tal proceder.

Pensaba en estas cosas anoche mientras leía las andanzas de Jacob cuando, por mandato de su padre Isaac, se fue hacia el oriente, a la casa de sus antepasados a buscar esposa. Se encontró a Raquel pastoreando las ovejas de Labán, su padre, hermano de Rebeca, madre de Jacob. Resumiendo, Jacob se queda prendado de Raquel y se la pide a su padre, pero como no tiene dinero para comprarla tendrá que trabajar para él siete años. Cumplidos los siete años llega la noche esperada y Labán, en vez de a Raquel le pone al lado a Lea, la hermana mayor de Raquel, y él se llegó a ella. Cuando se hizo de día, Jacob se dio cuenta del engaño y fue a protestar a su suegro; ningún problema, le dijo el suegro, estás una semana con Lea y, luego, sigues con Raquel, pero para eso tendrás que estar otros siete años trabajando para mí. Total, que Lea parió cuatro hijos, pero Raquel parecía estéril; esto, claro, producía unas tensiones tremendas entre las hermanas; entonces Raquel decidió que Jacob se llegase a Bilha, su sierva, para que diese a luz sobre sus rodillas y, así, poder tener hijos ella. Bilha, tuvo, uno, dos tres, cuatro, y Raquel andaba crecida porque su hermana Lea había dejado de ser fértil. Entonces Lea hizo con su sirvienta Zilpa lo mismo que Raquel había hecho con Bilha, se la dio a Jacob y Jacob se llegó a ella y le hizo unos cuantos hijos. Luego Dios escuchó a Raquel y la hizo concebir un hijo. Y Lea también tuvo más hijos. Y las siervas, también. Y Jacob se apeaba de una y se subía en otra y a todas las tenía contentas porque apuntaba certero: no parecía desperdiciar tiro. Y esa era la cuestión, siempre, claro, según nos cuenta la historia, que Jacob y sus mujeres, cuando follaban tenían la cabeza puesta en el éxito de la empresa; lo del placer sería, entonces, un mero trámite por el que había que pasar para conseguir el deseado objetivo. De hecho, el sueño de aquella gente era tener más hijos que estrellas hay en el cielo. 

En fin, que ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no le alumbre. Jacob, le quemaba y la gente de hoy día, por los menos por estos pagos, no le alumbra, de resultas de lo cual, estamos como estamos... todo el mundo quejándose de que nos están invadiendo. ¡Pues que esperábamos! ¡Como si a la naturaleza se la pudiera engañar! 

2 comentarios:

  1. Es que la jodienda no tiene enmienda. Bunhuel , en sus memorias,ya ancianaol le rogaba a Dios que le devolviera unos pulmones nuevos para poder segui fumando
    (aquel cado de gallina que el inhalaba) y un buen hígado para seguir libando.De lo totro , se congratulabe del nulo uso.

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  2. Lo que más recuerdo de esas memorias es de todas las cosas que haría si fuese Dios.

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